domingo, 27 de septiembre de 2015

Los pasillos del sueño I: del mundo de los despiertos, y la familia insomne.

Es de noche, y puede sentir como la casa respira y se queja en la oscuridad. Reconoce los achaques por el sonido: la teja suelta del altillo, que amenaza en vano con caerse; la tabla del cielo raso, que cruje y se acomoda; la sinfonía de las tuberías demasiado viejas que el abuelo se niega a cambiar.

Duermen todos, menos ella. Descalza, para no hacer ruido y reconocer el terreno, se desliza a sus anchas: lleva el camisón blanco de verano, y suelto el cabello que mamá se empeña en dominar cada mañana: esa melena ingobernable que no sabe bien de quién heredó, igual que los ojos. Ni verdes, ni marrones: pardos. “Ojos de charco”, como corean los primos en son de burla.

A ella le gusta imaginar que son verdes, más verdes incluso que los de papá, que son del color de las hojas, y no celeste aguado, como los del tío. (Aún ignora que llegará el día en que un amigo venido del otro lado del océano le dirá que en su país el color de  esos ojos indecisos tiene un nombre especial: “Hazel”, que se convertirá en otro de sus nombres impropios.)

Verdes o no, la vista de lince recorre las rutas posibles: la cocina, a dónde puede treparse al banquito de madera hasta alcanzar la alacena y su tesoro de frutas en conserva, sin riesgo de que mamá la sermonee con posibles caídas mortales-(todas las advertencias de mamá involucran algún sobrino/hijo/primo de alguien que hizo exactamente lo que ella se propone hacer, con consecuencias fatales, que incluyen pérdida  de ojos;dedos y /o la muerte por desnucamiento)- o el sótano, donde puede revolver la valija de fotos viejas tratando de adivinar quién es quién, o inventar historias a los desconocidos; o bien,  el patio del fondo, con su naranjo en flor y el séquito de “aparecidos” , que no se le aparecen nunca; o la despensa, con su provisión de tarros de miel y quesos, y el olor a tabaco del bisabuelo, que no se va aunque el pobre se haya muerto hace una pila de años; el escritorio del abuelo, dónde puede sentarse a dibujar dragones en hojas de papel de estrasa, siempre que no haga crujir la silla giratoria;  y también, el patio de la higuera, donde la tía dice que suele estar el diablo en las noches de luna llena, cosa que hasta ahora no pudo comprobar.
La lista es larga, y tiene que decidir rápido: elige un hurto veloz en la despensa-(siempre tiene hambre, aunque parezca un espárrago de flaca)- y sube por la escalera de mosaicos hasta el altillo.

Se acomoda en el alféizar de la ventana, y ve, con alegría, que empieza a llover.- No tiene miedo, aunque le hayan contado cientos de veces la historia del rayo que casi mata a la bisabuela, y que parece ser el responsable del terror que sienten las demás mujeres de la familia.- Le gustan las tormentas, y más, ver el espectáculo de relámpagos y truenos  desde arriba: los durazneros y ciruelos parecen un mar allá abajo. Y ella sueña con el mar desde que tiene memoria: con tormentas de sal y de espuma que azotan la costa, y gente que camina por callecitas estrechas, entre casas que se parecen a las de las fotos del sótano. Pero ya no habla de eso, porque los grandes se ríen, y los chicos la tratan de mentirosa hasta que se enoja, y ellos se ríen también.

Con los únicos que habla de verdad es con los perros: Lobo, el ovejero de cara negra;  y el mestizo al que ella llama Caramelo, porque es del mismo color que el azúcar con el que cubren los moldes de los flanes. (En esa casa, el flan casero es una especie de afición nacional, que sólo será eclipsada por las frutillas con crema, dentro de un par de veranos).

Lobo es el más serio: se sienta, solemne al principio, hasta que se echa para comer el pan o el queso que ella le da, siempre con las orejas alerta. Esas orejas son un radar: en más de una ocasión detectaron los movimientos de alguien que despertaba antes de tiempo, dándole la ventaja justa para escurrirse a la cama y zafar de una filípica de Dios y señor mío.

Caramelo, en cambio, es faldero a más no poder: se instala hecho un ovillo, con la cabeza en sus rodillas, y mordisquea un pedacito de algo hasta que se duerme y sueña sus sueños de perro, moviendo las patas y gruñendo, a veces ladrando bajito.

Su otra invitada es la Micha, una gata barcina con el hocico y las patas blancas, que lleva ahí más tiempo que cualquiera, pero puede cazar lo que sea en un tris. Con Micha tienen un pacto: antes de acostarse, le llena el tazón anaranjado de leche tibia, a cambio de que no le lleve bichos muertos a los pies de la cama. (La última vez le dejó un loro con un ala rota, al que ella y Silvina curaron y que ahora hace estragos en el mango del patio, para gran bronca de la abuela y Doña Encarnación).

Por  ellos, sabe de los pasadizos secretos y de los pasillos del sueño: esos que no se transitan sino cuando se sale de la vida de los despiertos, y en los que puede uno cruzarse con personas de cualquier época, pasada o futura. Hoy le han explicado que ella, por pertenecer a la familia de los insomnes, está muy cerca de lograrlo. Que basta con abrir los ojos en el sueño, y será capaz de ver los pasadizos, y elegir.


Pero antes, tienen que explicarle quienes son los demás miembros de su familia insomne. Y eso sucederá pronto, pero no hoy, porque la tormenta es demasiado interesante como para desaprovecharla, porque la casa va a despertar en breve, y más vale que ella esté en su cama para entonces.

sábado, 25 de julio de 2015

Espera

Curvada sobre mí,
ahuecando el tiempo; 
enlazando las palabras caprichosas
que se hamacan en mis pestañas
(muertas de sueño):
en suma, 
a un paso de la angustia,
ahí, 
precisa;
exactamente
te espero.

©Narcisa Sinfuentes 2015

lunes, 15 de junio de 2015

Quiero

Quiero
un último sorbo de tu boca,
antes de que todo,
(como casi siempre),
se vuelva humo
entre mis labios.
Has de saber
 que echaré de menos
tus manos en mi espalda.
Guardo
el peso exacto
y la textura
de tu cuerpo
 entrelazado con el mío,
para abrigarme
cuando el tiempo
se haga despedida.
Dibujo tu boca,
y me acarician tus ojos,
mientras tanto.
Quiero
un último sorbo,
interminable.
Afuera,
llueven
ahora mismo
el frío y la realidad.

©Narcisa Sinfuentes 2012

Dedicado a los insomnes que esperan, y a los que esperan, insomnes.


viernes, 5 de junio de 2015

Madrugada

Afuera muerde el frío;
en mis pestañas juega
el eco de algún beso.
Construyo la memoria
del peso  de tu cuerpo,
y tu calor
me invita a quedarme,
arropada 
en este amor incierto.

© Narcisa Sinfuentes 2015

lunes, 23 de marzo de 2015

Retorno



Vuelven los viejos amores, 
y la eterna espera se deshace, 
atravesando la ciudad que habito
y que me vive.
Amanece el sueño,
demorado en mis pestañas; 
prófugo está el goce
en alguna diagonal, 
perdido.
La mano inquieta
halló respuesta en el pincel
y traza el corazón
su danza-laberinto, 
mientras vuela la memoria,
tejedora incesante
de relatos perdidos.
                                                               

                                                             ©Narcisa Sinfuentes 2015

miércoles, 28 de mayo de 2014

Legado

Una vocación a tropezones (o dos...¡o tres!);
infinitas notas desbordadas;
papeles sueltos; un gran amor
y mil pasiones.
Sueños en los que camino
despierta;
el recuerdo de unas callecitas
que bajan hasta el mar.
Un sello; dos nombres secretos;
el calor de un noviembre eterno,
y mi sombra en una ciudad de piedra.
Eso, posiblemente
es todo lo que quedará de mí
cuando me vaya.

©Narcisa Sinfuentes 2014

sábado, 22 de febrero de 2014

Poesía (ajena) para la vida.


Cuando pase el temblor...


Hay momentos en los que una siente que todo tiembla: alrededor; adentro; arriba, abajo; mientras que el mundo - esa ficción que habitamos- permanece como siempre, y nadie se entera de esa "hecatombe miniatura" que nos sacudió.  Ahí estamos, contemplando las ruinas de lo que era un universo ordenado y ahora es un lugar en dónde todo está patas arriba; mezclado; astillado; roto... en fin. Hasta que una esquiva los pedazos de techo que siguen cayendo, y se abre paso hasta un rincón mínimo dónde serenarse y empezar a barajar y dar de nuevo. Y es ahí, es entonces, donde algo nos salva de la caída libre; o nos permite dar el alarido de guerra que necesitamos para volver a empezar; revolear los almohadonazos correspondientes o lo que sea que necesitemos hacer. Ese "algo" puede ser cualquier cosa: un objeto; una imagen; una frase...y la lista seguiría infinitamente. A veces, basta con un simple recuerdo, pero con el tiempo descubrí que los recuerdos suelen estar anudados a cosas tangibles, por lo que sin darme cuenta, empecé a armar una especie de "botiquín de primeros auxilios para el alma atormentada". Suena tremendamente cursi, y por lo tanto, cómico, así que me encanta llamarlo  de esa manera: cuando me arrastro como una babosa atontada en su búsqueda, ya tengo un motivo para reírme un poco...No es otra cosa que un cuaderno y una caja en las que escribo, corto; pego y guardo cosas que me hacen bien. Entiéndase que "bien" puede significar tanto que que me permite llorar por un buen rato, como que me deja abstraída del mundo; o me ayuda a remarla, simplemente. Anoche, en medio de una de esas hecatombes, encontré mi caja. Y lo que me rescató, fue este poema, que de seguro muchos conocen, al menos en sus primeras líneas:


"Ríe, y el mundo reirá contigo.
Llora, y llorarás sólo.
Porque este viejo mundo necesita pedir prestada su alegría,
pero tiene suficiente de sus propios problemas". 


Y la siguiente estrofa:


"Regocíjate, y los hombres te buscarán;
laméntate, y se marcharán.
 Quieren la medida completa de  tu placer,
pero no necesitan tu congoja".

Sonará extraño, pero resultó muy esclarecedor.Simplificando, diría que me sirvió para entender que, algunas (muchas) veces, cuando alguien te pregunta cómo van tus cosas, no es eso lo que quiere saber realmente, sino que quizá tan solo espera escuchar aquello que le permita reír contigo. Puede que me equivoque, porque al fin y al cabo, lo que el otro busca siempre es un misterio; y quizás haya gente que sí quiera saber exactamente lo que está preguntando.Por lo pronto, creo que el dolor es privado, personal e intransferible. Y existen muy pocos, poquísimos espacios por dónde transitarlo acompañado. Afortunadamente, existen. Sólo hay que saber distinguir con quiénes si y con quiénes no.  Hecatombes existenciales, que te salen al cruce, de la mano de las buenas intenciones. La paradoja de que es imposible no comunicar, y  a la vez, la comunicación no existe. Eso, y algunas revelaciones sorpendentes es lo que estoy encontrando debajo de los restos de este espejo astillado.



"Solitude"


Laugh, and the world laughs with you;
Weep, and you weep alone.
For the sad old earth must borrow it's mirth,
But has trouble enough of its own.
Sing, and the hills will answer;
Sigh, it is lost on the air.
The echoes bound to a joyful sound,
But shrink from voicing care.


Rejoice, and men will seek you;
Grieve, and they turn and go.
They want full measure of all your pleasure,
But they do not need your woe.
Be glad, and your friends are many;
Be sad, and you lose them all.
There are none to decline your nectared wine,
But alone you must drink life's gall.


Feast, and your halls are crowded;
Fast, and the world goes by.
Succeed and give, and it helps you live,
But no man can help you die.
There is room in the halls of pleasure
For a long and lordly train,
But one by one we must all file on
Through the narrow aisles of pain.


Ella Wheeler Wilcox

domingo, 27 de octubre de 2013




No se pasa el tiempo
 leyéndote en el aire;
Buscándote en el agua;
 rozándote en el viento.
No se pasa el tiempo
horadando la tierra,
de tanto ir y venir sin encontrarte,
con los pies descalzos.
No se pasa el tiempo
si hasta el silencio te nombra,
y mi memoria
te lleva grabado a fuego
aunque se oponga
un universo entero de razones.

jueves, 24 de octubre de 2013

Poesía de madrugada



Somos los náufragos;
los heridos;
los marcados,
los que salimos a luchar
contra la tormenta
sin importar las olas;
el viento; la noche.
Nos mueve 
la fuerza inquebrantable
que la angustia
sembró en nosotros.
Y no nos importa ir desnudos,
ni remar con las manos gastadas.
Estamos ahí,
dónde sea
que una mano aterida
se aferre a un hilo de esperanza.

® Narcisa Sinfuentes 2013

lunes, 15 de julio de 2013

Pequeños derrapes de la vida cotidiana I

Cuentan que una vez, el Diablo se portó muy bien, y lo echaron del Infierno. Como al Cielo no podía ir, decidió vagar por la tierra.
Andando por estos lares, el Príncipe de las Tinieblas hizo amigos; conoció mujeres, e incluso, alguien le regaló una guitarra, y aprendió a cantar.
Me parece que hoy lo vi, mientras caminaba por el Parque Sarmiento: estaba sentado en el césped, menos abrigado que el resto de la gente.

 Me di cuenta de que era él, porque tarareaba una canción de Charly, con la letra cambiada. Decía: “Te recuerdo infierno…te recuerdo hoy”.

domingo, 17 de marzo de 2013

Escritora Eléctrica.

Los que me conocen saben que escribo hace muucho tiempo. Lo mismo con el dibujo y la pintura, si bien jamás toleré mucha "instrucción formal": escribo porque me gusta, lo amo realmente. Y pinto por una necesidad expresiva que va más allá de las palabras. No soy muy seguidora de recetas, y cuando una obra se gesta, se gesta y hay que parirla "para ayer". Cosa imposible,  que estas dos actividades me ayudan a moderar, a base de "aprender" paciencia y constancia. (Porque esa es otra de mis no- virtudes: los bajones a lo montaña rusa...) 
En fin, Hace un par de días, junté el coraje que me faltaba, y aplaqué la vagancia para publicar "Siete Minutos". en Liibook. Si están muy aburridos, pasen por ahí y vean.
 Pueden dejar comentarios; votar;recomendar y agregar autores favoritos y pasar un buen rato leyendo a gente que, como una vez dijo mi amiga  Maru, "Se animó".
Disfruten el domingo, les dejo la tapa del segundo, que está en construcción.





miércoles, 13 de marzo de 2013

El árbol de la memoria


Quiero contarles una vieja historia, de esas que se mantienen vivas en el río subterráneo que todos llevamos dentro. “El río debajo del río”, me gusta llamarle.
Es un río caprichoso, que une u desune; desaparece; borbotea y a veces inunda. Se nutre de lágrimas no derramadas y de sueños no soñados.
Había una vez una niña, que oía a sus mayores hablar con pena en un idioma que no entendía. A ella sólo le enseñaban laa “malas palabras”, para escandalizar  a la  abuela y algunas otras cosas, como “Quiero dormir”. Sin embargo, y porque no siempre hablaban aquel idioma,  desde muy pequeña, escuchaba  hablar con amargura  sobre los nazis y “lo que le habían hecho” a los polacos; judíos y ucranianos.  Alcanzaba a entender que era algo terrible, y supongo que fue entonces cuando comenzó aquel sueño de angustia que la acompañó tanto tiempo: el tiempo de la infancia, donde los minutos para la sorpresa  son eternos y fugaces para el juego.
El sueño, era casi totalmente  en blanco y negro y sin el menor sonido.
En él, veía a una multitud caminando cabizbaja; asustada; hacia un lugar enorme. Ella  que iban a morir, y quería gritarles con todas sus fuerzas que no fueran, que diesen media vuelta, que escaparan… pero por esos caprichos del sueño, no tenía voz. Entonces, comenzaba a correr para alcanzarlos, con la idea de tirar de la mano de alguno de  ellos para advertirle. Pero nunca los alcanzaba, sino que se encontraba  de pronto corriendo sola, a través de edificios de madera vieja y gris; gastados y con los tejados derruídos. Todo cuanto sentía, era que debía salir de allí, seguir corriendo, porque alguien esperaba. Dónde, no lo sabía. Pero la esperaban.
La carrera la dejaba sin aliento, en una colina, en la que se alzaba un árbol viejo y retorcido,  sin hojas y con ramas extrañamente rizadas. Entonces, veía una única  mariposa, azul, pequeña , posada  en uno de los nudos del tronco.
Cuando quería tocarla, la mariposa comenzaba a moverse, y se veía  a sí misma como desde arriba, con el vestidito blanco de los cuatro años y el cabello suelto, completamente sola. Empezaba a soplar el viento, y la mariposa alzaba vuelo.  Era entonces cuando despertaba.
Supongo que aquel sueño debió de seguir por mucho tiempo, hasta que lo olvidó. Pero no olvidó las mariposas.
Pasaron los años, y aprendío algunas cosas sobre la vida y la historia. Las mariposas azules, la siguieron fascinando y un día, descubrió que la mariposa del sueño sí existía. Tenía un nombre largo, y complejo.
 Y también, descubrió lo que decía  Elizabeth Kübler Ross sobre las mariposas dibujadas en las barracas de los campos de concentración. En las paredes estaban grabados nombres; iniciales y dibujos. ¿Qué instrumentos utilizaron para hacerlos?. ¿Piedras?.¿Las uñas?. Los observé más detenidamente y noté que había una imagen que se repetía una y otra vez.
Mariposas.
Había dibujos de mariposas dondequiera que mirara. Algunos eran bastante toscos, otros más detallados. […] Sin embargo, las barracas estaban llenas de mariposas. En cada barraca que entraba, mariposas.”¿Por qué? ¿Por qué mariposas?.”
Seguro debían de tener un significado especial , pero ¿cuál?. Durante los siguientes 25 años me hice esa pregunta y me odié por no encontrar una respuesta.

El sueño volvió una noche, peor que antes: esta vez su padre también estaba allí, y otra vez, no pudo alcanzarlo ni gritarle. Sólo que esta vez, él llegó hasta el árbol de la mariposa, lo miró, la miró a ella y sonrió, asintiendo. “Busca”—le dijo. Y se marchó.
Y eso hizo. Buscó. Y un día, después de muchas búsquedas, encontró a dos, que llevaban el mismo apellido, no importa cual, registrados como prisioneros en Auschwitz –Birkenau. Ni siquiera supo si eran o no familia, simplemente los guardó en su memoria. Se llamaban Jan y Sergiej.
Hasta que un día, el río de la memoria resurgió, caudaloso, y volvió a soñar.
Esta vez, la acompañaban ellos. Y ya no era una niña, sinó una mujer joven. Y el árbol, estaba afuera, esperando. En una puesta de sol, lleno de mariposas azules.
Ese, es el árbol de la memoria. La memoria de todos aquellos que fueron borrados de cualquier lugar de la faz de la tierra, por ser quienes eran .
Este  cuadro, es mi torpe homenaje a todos ellos.
Mixta sobre lienzo, 2013. © Viviana Werenczuk

viernes, 8 de marzo de 2013

Día "D"


Se ve que nos hacen falta excusas para desearnos días felices. Hace poco, yo misma decía esto en relación al “Día de los Hermanos”. Después,  vino la pregunta: ¿por qué hacen falta excusas para desearle a los demás un día felíz; un día bueno;  lleno de cosas que lo hagan sentir bien?.
Será que de a poco van desapareciendo los otros, y no hablo solamente  de esos  “otros” a los que nos unen los afectos: hablo de todos aquellos con los que nos cruzamos cada día, sin registrar.
Hace tiempo, pensaba que desaparecer es algo que puede  suceder de muchas formas: la desaparición física es la forma aparentemente más definitiva, ya que con una persona que se va, mueren universos: esos que se crean con cada uno de quienes lo conocen y quieren. Algo perdura en la memoria, por suerte. Y creo que ahí reside la clave: la desaparición definitiva es el olvido.
No es necesario que el cuerpo falte: basta con olvidar; con negar; con silenciar; con mirar a otro lado. Obviamente, me dirán — ( y con razón)— no se puede conocer ni estar atento e implicarse con todo el mundo. Sería un caos interesante, pienso; al menos más acogedor que aquél en el que ya vivimos. O una pesadilla. No sé. Por lo pronto no pasa de una idea disparatada.
Las  que me preocupan, son  “microdesapariciones” si se quiere. Las de todos los días: esas que se dan tan automáticamente que uno ya ni las nota.
 ¿De qué hablo?. De esas palabras y gestos cotidianos, tan simples: el “Buenos días”; “Permiso”; “Por favor”; Perdón” y “Gracias”. Que son “sólo palabras”, si se quiere.  O muestras de un mínimo registro del otro y su presencia, si lo sentimos de verdad. Empecé a pensar que cada vez que uno adelanta a alguien caminando; se mete en una fila; no cede un asiento y un largo etcétera,  ese alguien se borra un poco. Serán las consecuencias del tiempo en que vivimos; de nuestras subjetividades; de las hormonas, y qué se yo qué más.
Ojo, no estamos obligados a ir por ahí saludando y agradeciendo a todo el mundo, porque esa también sería una manera de ir en piloto automático. Pero mi costado soñador quiere seguir pensando que con esos simples gestos, el mundo se vuelve un poco más cálido.
Serán sandeces, pero a mi me importan.
Ahora si, que tengan todos un felíz día.
Por favor, perdón y gracias.

martes, 5 de febrero de 2013

Otra vuelta de cinta...pack


“El antiguo estupor de la elegía
 Me abruma cuando pienso en esa casa
Y no comprendo como el tiempo pasa,
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía”
Jorge Luis Borges.



Nota: este derrape recupera partes de "Volver a mí". Cuando algo doloroso se dice, la angustia que lo acompaña se escurre por las grietas de la palabra. Y se diluye un poco la pena. Algunas cosas precisamos decirlas varias veces, de diferentes maneras, hasta dar con la fórmula que desbarate el nudo que suele ajustarnos la garganta.


No me va a alcanzar la vida para hacer todo lo que quiero.— Laputaqueteparió. Ponele.
 Por ejemplo, escribir de  una manera interesante/atrapante/que te mate de risa/que te cague de miedo/que te deje con la intriga y un largo etcétera. Es más, no me va a alcanzar la vida para poder escribir sin que alguien rompa los huevos, (o los “huevarios”, como decimos con la Gringa), de manera regular.

Si fuera por mi, quemaría todo lo que escribo.

El problema radica en que me tendría que quemar el cerebro, porque todo está escrito y guardado  ahí: tengo una memoria bastante buena para los acontecimientos biográficos; relatos oídos  e historias que empiezo a armar… Y esa memoria,  a veces burbujea cual caldero en Halloween.

NI hablar de cuando hace calor; viajo; abro alguna de las cajas que traje a principios del año pasado; o  veo fotos viejas. Todo eso me hace explotar, y siento que necesito cuatro manos (mínimo) para poder escribir lo que se me ocurre.

La escritura es mi forma de exorcismo personal y una manera de preservar cosas, de escamotearle algo al tiempo; respecto del cual, mi única certeza es la de que nos acerca cada segundo un poquito más a la muerte. Y cuando te moriste, chau. Fue. Porque no hay otra.
 Y cuando se muere alguien que querías, desaparece una parte de tu mundo, y el mundo de él o ella por completo. Odio ver como las cosas sobreviven a sus dueños, aunque admito que a veces me consuela conservar alguna gilada de mi viejo; mi abuela, mi tía. Otras, me desmoraliza.

De momento, fue el viajecito a mi antiguo hogar lo que me dejó con la sensación de haber recibido una patada en la naríz: mareada; desorientada, y con un dolor físico,  que no parece muy dispuesto a irse.

Whatever, resolví lo que tenía que resolver, y cumplí con el ritual de visitar el cementerio, so pena de que mi vieja me repudiara como hija (Cosa que creo que se plantea desde que nací: la pobre no entiende de dónde salí tan rara.) Y también porque sentía la necesidad de hacerlo.

Fui con los “huevarios” de moño, (normalmente me gustan los cementerios, pero era la primera vez que iba sola a la tumba de mi viejo); cosas para limpiar, flores y velas, no sea cosa que se me olvide algún paso del ritual materno y caigan sobre mí cien años de maldiciones…
 Y cumplida esta parte, me senté a fumar, como solíamos hacer con Papá cuando ya se había convencido de que yo no iba a dejar el vicio, y él tampoco.
Es curioso como los padres vuelven en los gestos: de golpe me di cuenta de que sostenía el pucho igual que él, e incluso fumaba medio de costado… De más está decir que me lloré la vida, cosa que me vino bastante bien, y pude dejarle  algo que había encontrado hace un tiempo.

Como  tengo que seguir remándola, en dulce de leche y con alfileres, más vale que le vaya encontrando el gustito…

El tiempo marca hitos a través de las mudanzas. Eso, y los ciclos que marcan las muertes, con su consiguiente desaparición de mundos, basta  para que me ponga a pensar en la conflictiva relación que tengo con las cosas. Y que sienta unas ganas tenaces de huir cada vez que pienso en abrir una caja… ¿Qué historias habrá?... ¿Podré?... ¿Por qué dejé de fumar?...
De momento, me espera el cuadro con las mariposas: la pintura, ese otro exorcismo. Arboles míticos y mariposas: mariposas azules.
Para la memoria.  


"El árbol de la Memoria" (mixta s/ lienzo) Viviana Werenczuk, 2013.


Puente bajo el mar
Me rondan
Tu nombre
Y la imposibilidad
 de tocarte,
como tantas veces.
Viento que roza otras aguas:
Te quiero cerca.
Ni siquiera
Nos unen  ya
las palabras:
las mías, van a morir
en tu silencio,
insondable
y extraño
como un puente bajo el mar.

viernes, 1 de febrero de 2013

Cuarto de Libra


Por  vos, le vendería mi alma al Diablo— dijo él, mirándola fijo a los ojos. Ella sonrió.
—No podrías…aunque quisieras.—le contestó, acomodándose un mechón de cabello coquetamente—Hace tiempo que yo le vendí la mía… Por vos.



Antes, los pactos con el Diablo eran algo realmente serio: una libra de carne, de la zona más próxima al corazón. Hoy, probablemente se resuelvan con una hamburguesa de Mc Donald's.

martes, 29 de enero de 2013

Des-velados...




Somos los de siempre:
los desvelados;
los rebeldes
(bien peinados);
los que trasnochan 
aunque madruguen;
los que esperan; 
los que juegan
con fuego,
apagado;
los que incendian la aurora
con la memoria
de una mirada.
Somos los de siempre:
distintos.

Derrape de última hora, dedicado a Marce y a todos los desvelados que se toman la molestia de leer (me).
Les debo un par de historias inconclusas, y las fotos ilustrativas: hasta el más porfiado de los calaveras necesita dormir, y juro que estoy viendo doble del sueño. La casa bien, la columna ahí; la cabeza despejada, lista para dormir.
Buena vida, "Narcisos". Os echo de menos. Sabedlo. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

"¿Que sucede?"



Sucede que ya amaneció. Que mi chico me trajo el desayuno, y nos reímos, despeinados y con cara de sueño, mientras la manada felina-canina merodea por ahí, haciendo sus gracias a ver si liga una tostada.

Ahora, con el mate a mano, me preparo para el día T: con "T" de Traumatólogo, mitad cagada en las patas, mitad esperanzada.


Lo primero, porque soy una especie de Woody Allen: “Yo no soy un hipocondríaco, sino un alarmista. Y ésta es una fobia completamente distinta. De hecho, un alarmista es alguien que como yo, si una mañana me levanto con una llaga en los labios o dolor de uñas, pienso inmediatamente en un cáncer. Siempre voy directamente a lo peor. Naturalmente, inicio una serie de chequeos y análisis que acaban con una receta para una pomada”.

Bue, yo soy más o menos así. Menos que más, porque esta vez me hice la boluda, y vengo (como buena boluda), reptando hace una semana con un dolor pertinaz de lumbares, tratado a base de diclofenac y otras yerbas."Con el inyectable se te pasa", dijo el primer médico que me vió. Minga. Mejoré después de unas cuantas pepas, pero el sábado ya estaba en llanta de nuevo.

Pichicata again, me fui a ver a LA Reina. "Irresponsable", clama la vocecita dentro de mi cabeza, (esa que suele hablar con un tono sospechosamente parecido al de mi madre). Ponele, pero no me lo perdía por una contractura de mier...Así que me clavé la faja, y fui.

Y constaté que eramos una legión de brazos en cabestrillo; patas con férula y muletas, todos felices y esperando lo que hizo falta. Volví mejor: capaz Madonna tiene superpoderes, o a lo mejor eran las endorfinas. Haría falta una encuesta.

Pero algo habré hecho, porque el dolor volvió, en versión mutante: sube, baja, va a una gamba; a la otra; a la nuca y a donde se le cante.

Nuevo médico, en digna actitud de censura:"Que te vea alguien de traumatología, y que te haga como mínimo una placa".Mi cara de "Okey", en absoluto silencio. Carrera telefónica para conseguir traumatólogo antes de julio del año que viene. Lo logré.

Y de ahí la esperanza: de que esta tarde me vean y me digan qué carajo le pasa a mi cuerpo, a ver si repuntamos de una vez, y puedo dejar de estar tirada a lo Clarita (la amiga de Heidi), mientras se me van las vacaciones y el caos aumenta. Las otras posibilidades (las de las historias de terror), de momento quedan en suspenso.

Eso sí: empiezo a entender, (gracias a los muchos amigos que me prestaron oreja, chat y puteadas en estos días), que cuando uno no para; no habla, el cuerpo grita. A ver si esta vez me sale, y la corto de una vez por todas.

Lo que me queda de interesante, es lo creativa que se pone uno cuando tiene la movilidad limitada y una pila de cosas por delante: se te ocurren mil maneras distintas de hacer las cosas de todos los días, y empezás a hacer otras largamente postrgadas. Abrir cajas, por ejemplo. Y ponerte a pensar qué carajo vas a hacer con lo que encontrás adentro. Pero esa es otra historia.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Volver a mí

Me fui de viaje, medio obligada, medio con ganas: el pago siempre tira, aunque ya no sea igual; aunque uno haya sentido alguna vez que todo lo que quería era irse.

Como cada vez que piso la ruta, y paso Entre Ríos, viajo acompañada de tantas anécdotas que me mareo. La mayoría tiene que ver con un señor de ojos verdes, fumador empedernido; matero riguroso y viajero de los de antes. Esos, para los que manejar era un gusto y no le hacían asco a los kilómetros, en cualquier ruta y clima.

Viajar, para mí, siempre fue un placer. Esta vez también, aunque sabiendo que se trata del inicio de una despedida, (despedida interminable, pienso), llevaba su cuota de tristeza. “Saudade”, dirían mis amigos de Brasil. Saudade porque fue duro reencontrarme con lo que forma parte de mis primeros recuerdos, y el paso del tiempo suele pegarme una trompada en la naríz con eso de que lo que fue ya no es lo mismo.

Es, cuanto menos, raro, volver y que no estén tus viejos esperándote. Quedarte en tu casa, que ya no es tu casa sino la de una familia que, (por esas vueltas del destino), te quiere como si fueras una más.

Más raro es despertarte en el que fue tu cuarto y que ahora es el de otra adolescente rebelde, que te llama tía y te demuestra que te adora; que los hermanos más chicos (que también te dicen tía), se peleen por estar con vos, y mostrarte cuanto crecieron en esos meses en que no estuviste.  Más bien, no es eso lo raro: es amor, así de sencillo.

Lo verdaderamente extraño, es encontrarte con la que fuiste,  a cada paso. Y reconocerla: en su parte preferida del jardín, abrazada a su primer perro, el mismo que se iba a perder en una tormenta unos años después, dándole la primer noción de lo que son las partidas.
 O verla hamacándose hasta tocar el cielo con los pies, saltando de la hamaca con cuidado para:
1.       Que no te vea tu madre, no sea cosa que le de pánico que la tabla te pegue en la cabeza y te  mueras, como le pasó “al tío del primo del hermano de no se quien”. (Las historias de mamá casi siempre terminan con un muerto o dos, cabe aclarar).
2.       No aterrizar en los tablones de la huerta, esmeradamente hechos por papá y que van a proveer de frutillas todo tu verano.
3.       Ahorrarte la vergüenza de arrugar en el último minuto, porque te entro miedo de que la tabla te pegue en serio.

También, verla escondida en la copa del árbol enorme, el único al que decidió que podía subir, óptimo escondite para cuando sentía que estaba sola en el mundo, y ni los libros, ni los amigos (reales e imaginarios) servían de mucho.
Encontrarla tirada de panza en cualquier lado, “caída adentro de un libro”; sentada al escritorio haciendo tenazmente la tarea, mientras las amigas adolescentes alborotan par a ir a tomar un tere a algún lado; avistarla tomado ese tere, mirando a hutadillas al amor imposible de turno, sintiéndose desgarbada y rara.
Y así, en miles de situaciones pasadas, que conviven con los reencuentros actuales y las preguntas de rigor: “¿Te recibiste? ¿Te casaste? ¿Tenés hijos? ¿Dónde trabajás?”, todas de un tirón, y a las que respondés según quien pregunte.

Lo más bravo fue visitar sola, (estando acompañada), ese rectángulo blanqueado por el sol, con su cruz y su placa: todo lo que queda de mi viejo, materialmente hablando. Siempre me gustaron los cementerios, probablemente por el culto que la familia de mi vieja tiene con esas cosas; y porque me podía pasar horas mirando fotos e inventando historias sin que me retaran. Llámenle como quieran, para mí era un paseo más, y tengo unas cuantas anécdotas de miedo que dan risa. Pero esa queda para otra.

Pero la cosa se complica cuando empiezan a ser “los tuyos” los que están ahí…
 Por suerte la compañía ayudó con cuestiones prácticas, y cumplí con el rito familiar de la limpieza, las flores y las velas. Pude quedarme a solas un rato, y decirle (decirme) las cosas que necesitaba, o al menos un poco. Al lado de la placa, quedó la punta de cuarzo rosa que le llevé: algo así como una ceremonia pagana para sacarme este dolor del pecho, que llevaba clavado ahí hace más de diez años.

El mismo ritual, fue para la abuela: la misma que puteaba en Ucraniano, y era más buena  que el pan, detrás de esa muralla de rigidez y normas. “Haga bien, o no haga”, era la frase en castellano atravesado que más recuerdo. Y me decía чорний, chornyy, que quiere decir “Negra”. (De todos los nietos, soy la única con el pelo castaño… ¡como ella!)

Cada despedida es un encuentro, sostengo. Un encuentro con el mundo y con uno mismo sin aquello que se fue.

Y el mundo sigue ahí, hermoso y difícil, pero repleto de sorpresas. Sólo hay que encontrar la manera de soltar, de dejar ir, (de perder, si se quiere), para empezar a ver todo lo que está alrededor.

Creo que estoy empezando a poder: al menos, reencontré cosas buenas, como el afecto de tanta gente a la que jamás pensé que le importaría;  la charla compartida con mis primos, a los que hacía tanto que no veía; y tantas otras cosas que no sabía que extrañaba.

"Spring White", Frances Mcdonald.
Lo verdaderamente extraño, es encontrarte con la que fuiste,  a cada paso. Y reconocerla. Se vuelve menos extraño cuando te cae la ficha de que es parte de vos, que todo eso que fue, es lo que te lleva a ser quien sos: con tus pasiones; tus enigmas; tu ignorancia tus ganas y tu locura saludable. Esa, que te trae de vuelta a casa, sabiendo que el hogar no es un lugar físico, sino el  espacio en el que está tu corazón.

Volví. 

Quedan las ganas de más viajes, para más adelante, a dónde sea.

 Ahora sé que mi hogar está conmigo.  Siempre.

domingo, 2 de diciembre de 2012

De tackles, entrevistas y desconciertos.

Después del tackle que me puso la vida hace unas semanas, quiero contarles que estoy volviendo a escribir, sobre el amor (cómo no) y sobre los encuentros. 
Respecto del amor, un alma caritativa me alcanzó una entrevista a Jacques Alain Miller,  para que (cito textual) "aclares tus ideas respecto del tema". Nunca entendí qué pretendía quien la envío con eso de "aclarar ideas", ya que la  de este blog es, simplemente, darle rienda suelta a mis ganas de escribir, y sobre todo, compartir preguntas, haya respuesta o no.
 Desconcierto aparte, debo decir que la entrevista me encantó, y que abrió un centenar de nuevas preguntas, sobre las que pienso ir trabajando, construyendo y compartiendo. 
También hay otros proyectos, como un e-book de relatos breves (escritos hace un tiempo atrás), que se encuentra "in progress", y algunas cosillas más derivadas de ello.
Respecto de los encuentros, algo hay esbozado, que ya subiré. De momento, estoy volviendo de un viaje interior bastante doloroso, y ¡oh, sorpresa!, en los umbrales de uno "de verdad", que me lleva al encuentro de cosas queridas.Y digo encuentro, porque a pesar de que ya las conozco, siempre hay algo nuevo.
"Eso",  V.W, Acrílico sobre lienzo, 2012
 Esta vez, quizás sea la posibilidad de decir adiós, aceptando la ausencia y las heridas. Puede que así queden cicatrices: seguramente quedarán. Lo importante, es que voy al encuentro de lo que sea, sabiendo que las marcas son recuerdos de batallas; de amores; de sitios en los que estuve,  pero ellas, no pueden decirme hacia donde iré. Eso, creo que nadie lo sabe.
Nos leemos en la próxima.
PD: Sus comentarios, mis fieles seguidores, son los que abre el juego, así que los espero. Gracias a todos los que me acompañan, vía FB; por e-mail o por acá. "Se los quiere, sépanlo".